Aprende a convertirte en piojo.

Conviértete en piojo y aprende a caminar por ese cabello tieso que ahora es tu cuerda floja. Descubre el ensimismamiento en el que habitas cuando no estás convertido en piojo. Deléitate con la posibilidad de habitar en uno y otro mundo a la vez, sin olvidar lo que ocurre en el otro mundo cuando estás en el presente. Camina un poco más y pon en acción todas las estructuras del cuerpo de piojo que tienen que ver con esta cuestión de generar el equilibrio adecuado que te permite seguir caminando por esa cuerda floja. Deja de mirar hacia los lados con el afán de descubrir si hay algún otro piojo alrededor, eso haría que pierdas el equilibrio e inevitablemente caerías a cualquiera de los dos abismos que habitan a cada lado, lo cual no sería nada del otro mundo, ni mucho menos grave. Los abismos fueron hechos para succionar todo aquello que pretende equilibrarse, la fuerza que le convierte al vacío en abismo carece de la capacidad de discernir si lo que está succionando es un piojo, un humano, un elefante o un enorme ego. Al abismo le da igual, lo que sí, mientras más se resiste el objeto en cuestión, la termodinámica del abismo termina agitándose y activándose de manera geométrica y directamente proporcional al monto de resistencia ejercido por el objeto en cuestión. Por eso aprende a convertirte en piojo cuando caminas por cuerdas flojas, así podrás caer de la manera más tierna y dulce que jamás hayas imaginado, porque: ¿en serio eres tan ingenuo como para creer que esto de andar en equilibrio te lleva a algún lado? Pues no, ahora ya lo sabes, el secreto radica en caer, pero suavito. Por eso deja todo aquello a lo cual estabas dedicado antes de leer este texto y aprende a convertirte en piojo.

Esteban Prado.

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Invocación maldita

Invocar al jefe de todo aquello que hace que te mojes los pantalones, descoser la realidad para volver a constatar los hilos de estupidez con los que estás irremediablemente construida, como si fueras una ciudad abandonada, invadida, desbordada, violada, por todo aquello que no has sabido entender que se trataba de ti misma. Invocar a todo lo que en el universo pueda ser catalogado con olor a azufre, para que te sirva de incienso en el funeral de la razón que nunca te asistió, habitó, acompañó, permitió. Desatar todas las plagas que habitan en la caja de pandora creada por las mismísimas creencias que te siguen convirtiendo en el objeto defecado por aquel organismo ecléctico sin nombre, desahuciada por siempre, pero sobre todo en cada ahora en el que te pronuncias a través de la ausencia de una sola palabra sensata que pueda salvarte de ser considerada aquello que nadie,  jamás podría inventar por falta de creatividad aplicada al polo de lo miserable. Suda, suda, mientras llamo a Satán, a que te haga mojarte en tus pantalones, en esos que dices que tienes, pero que nadie ve, por la sencilla razón de que no existen, ni tú, ni Satán, ni nada de lo que acabo de escribir. Simplemente volviste a alucinar.

Esteban Prado.

Autopsia acústica.

Todo apagado. La materia detenida, las voces dormidas y el ensueño censurado por farsante. Así se hace una noche quieta, descosiendo la mentira cotidiana, de punto en punto, hasta que se desvanezca, mostrando a la nada como única verdad.
Tragar saliva sin mayores contratiempos, con la absoluta certeza de que en los próximos minutos, la garganta no será desgarrada o encendida por algún desubicado fuego inoportuno. Hay ronquidos que se toleran más que las palabras. Apagar la realidad para poder escuchar a lo que la sustenta; es así como el mundo queda dividido entre lo virtual y lo sanguinolento. Ningún organismo vivo puede dejar de sonar, el universo está saturado de un permanente e infinito sonido de patas de cucarachas que crujen sin cesar en la escucha de los insomnes voluntarios. Los involuntarios están demasiado enfocados en querer dormir, en solucionar, en cambiar, en transformar, en avanzar. Se han convertido en otra cucaracha más.
Un sorbo de agua con gas, cayendo a manera de cascada sobre el terreno de baldosa de una garganta de ficción. Nunca falta la omnipresente presencia de alguna televisión de algún vecino, transmitiendo atentados contra el silencio.
En el reino de los mamíferos masturbadores, la conciencia detona sarpullidos en las estribaciones de su mayor invento, llamado alma. El simio vanidoso llama amor, al aleteo que producen las alas de insecto que se ha dejado crecer para despistar su facha de cucaracha.
Todo esto no es más que una contradicción, dijo algo en tu cabeza al terminar de emocionarse ante la desnudez que reflejan las palabras cuando juegan a hacer de espejo.

Esteban Prado.

Si no cruje, sigue nomás durmiendo.

Esa exquisita sensación de que todo está alineado con el ritmo de lo que nunca podría ser definido como ajeno. Un torrente de seudo coincidencias disfrazadas de sincronismos desnudados en su mentira, y que sin embargo siguen produciendo el efecto delator de haber descubierto el propio potencial en la forma de un don; o lo que es mejor, de varios dones.
Es la certeza de habitar en una suerte de burbuja llena de una gelatina transparente que nunca antes había existido en ninguna forma ni siquiera parecida. Es ahí en donde se flota, los movimientos producen un impacto lleno de placer sobre la superficie viscosa que juega a estar hecha de éter.
Las palabras salen de la boca y pueden ser masticadas como chicles a los que nunca se les va, ni siquiera se les disminuye, el sabor. Masticando chicles en el interior de una burbuja que permite unos movimientos deliciosos. Encontrarse siendo un astronauta perfecto, a pesar de no haber repasado nunca.
Así como la desgracia nos convierte en marionetas, la dicha nos usa para representar su show de ventriloquia. El público aplaude desde un universo paralelo en el cual los seres humanos sólo somos los cactus que succionan las pocas gotas de agua que le quedan a un desierto que solo habita en el intento.
Así deberíamos acostarnos a dormir siempre, en este estado.
Soplando, para que la gente siga creyendo que el viento existe.

El techo ha sido de gypsum.

Arrinconada, estilando esclavitud, revolcada por la rutina, sumida en la sumisión; las paredes son las que menos libertad le merman, las paredes son invisibles, ni necesitan ser vencibles, a pesar de su evidente solidez. Los ojos se humeden, no de lágrimas, más bien de jugos que se desbordan por lagrimales agrietados, y eso no es llorar. Múltiple tiranía desplegada en formas, horas, tareas, presencias, ausencias, miedos, urgencias, llamados. Enclaustrada en el penúltimo minuto que precede a la bestial explosión que ni permite atestiguamientos. El tiempo se caga de risa por haber logrado lo que nunca logró desde una existencia de contrabando a cargo de sus tiranizados. Crujen los huesos del cuerpo, el esqueleto se aburre de las vísceras que lo recubren, quisiera vomitar, pero no está permitido para los esqueletos. Adicta al silencio, arroja los sonidos por debajo de la mesa, para que se los devore la perra que también la habita.
Podría gritar, pero los barrotes de la celda se multiplican; por eso es preferible aprender a funcionar en el infierno, a quedarse mirando el techo de gypsum.
Podría quedarme para seguir puliendo las palabras, y así llegar a transmitir el mensaje en estado puro, lo cual sería demasiado cruel para ti.

Esteban Prado.

Padre nuestro que estás en los cielos.

A cada rato van apareciendo los ojos creados por los portadores de los ojos que también observan a los ojos que los crearon. Así de tautológico es ese curioso devenir que permanece espesamente maquillado para los ojos naif.
De generación en degeneración, se ejecuta ininterrumpidamente aquella broma macabra cuyo inicio siempre quedará definida como misterio para cualquier mortal. Ni que decir del final, otro misterio más; vivimos atrapados entre dos misterios, encarnando el contenido de un sanduche infinito que tarde o temprano será devorado por algo, ¿o es que acaso no escuchan como babea ese inmenso hocico que cuelga detrás del sistema solar?
Uno de los misterios develados tendría que admitir que somos el platillo preferido de aquella presencia perversa que nunca se indigesta. Tampoco está descartado que sea más de una presencia, incluso podrían ser cientos, miles, millones de hocicos babeantes, listos para digerirnos justo en ese momento tan vulnerable en el que los gusanos del universo creen que están cruzando el puente que les conduce a aquel lugar que le supieron vender a su cerebro en cómodas cuotas de diaria devoción hacia la ficción camuflada de verdad.
Lo único cierto es que las babas no mienten, son la evidencia de la presencia orgánica que nos atestigua, de seguro habrá en algún lugar del universo, algún impío que se pregunte ¿por dónde cagan los portadores de los hocicos?
No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.
¡Amén!

Esteban Prado.

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Arriba las pantallas.

El problema no son las pantallas, el problema es que no hay quién les haga la competencia. Culpar a la tecnología que ha hecho posible que existan las pantallas que habitan en frente de nuestro rostro, no sólo que es injusto sino que, sobre todo, es pecar de ingenuo. Las pantallas van ganando terreno frente a los vínculos que establecemos los miembros de esta especie llamada “humana”. Todavía no podemos saber qué es lo que las pantallas pueden percibir al tener en frente de ellas un rostro que gesticula emociones, sentimientos, actitudes, toxinas y ademanes heredados, transmitidos, cocreados, y quién sabe cuántas otras alimañas más. Por suerte las pantallas todavía no piensan ni hablan. Cuando llegue ese momento, ya no será un problema el no tener con quién conversar, a quién considerar un amigo, mantener una conversación, ya no será un problema porque todo ya habrá quedado en el olvido y reemplazado por ese momento bizarro de una pantalla inorgánica percibiendo el rostro de algo que para nosotros en este momento está claro que se trata de un humano, pero que para la pantalla no necesariamente sea esa la codificación con la cual decida interpretar el conjunto de estímulos tóxicos que a la final es en esencia.
Y ya basta de palabras, aprovechemos que todavía las pantallas no nos perciben y retocemos en la magia de convertirlas en ventanas de lo que zurce nuestras carencias.